Archivo de la categoría: Estudiante

¿Qué hacer con el alza de matrículas?

 

Camila Sabogal
Estudiante de Filosofía y Literatura

Terry Eagleton en un artículo que escribe para The Chronicle establece el fin de la universidad a partir de la privatización de esta. En este, Eagleton habla propiamente de la universidad en Inglaterra, si bien, sus afirmaciones parecen exageradas y giran en torno a un pesimismo académico, hay un elemento que es posible contrastar con la situación presente que vive particularmente La Universidad de los Andes.

            El autor habla de cómo con la privatización de la educación, los intereses y los roles de cada quien se vuelven distintos. Por un lado, los profesores dejan de tener prioridades educativas para concentrarse en investigación –pues es lo que da más plata- y como resultado de lo anterior se vuelven ‘gerentes’ ya que su función gira en torno a conseguir ingresos para financiar las diferentes investigaciones. Además adquieren responsabilidades administrativas que antes no tenían, consumiendo más de su tiempo. Por otro lado, los estudiantes se vuelven los ‘clientes’, los que adquieren los servicios de la Universidad.

            Ahora bien, la situación no tiene que ser tan mala como la plantea Eagleton. No creo que sea el fin de las universidades por su carácter privado, puede ser solo un llamado para el cambio. Cuando uno empieza a estudiar en la Universidad de los Andes, de entrada acepta que es una universidad privada, uno tiene plena conciencia de que va a pagar la matrícula más cara en el país. Sin embargo, con la reciente noticia de que la matrícula subió a 16.344.000, ya no parece ser tan fácil estar dispuesto a pagarla. En parte porque cada vez se siente menos como una Universidad. Esta nos recuerda constantemente que es una empresa y que busca crecer. La voz de los estudiantes y profesores parece quedar de lado en los planes de crecimiento y proyección. Con nuevos edificios y nuevas sedes, los profesores ya no tienen tiempo para los estudiantes y los estudiantes, esperando no demorarse tanto y no tener que seguir pagando la matrícula más cara del país, se llenan de créditos al punto de no tener tiempo ni para darse cuenta de qué pasa alrededor.

            Entonces, si la Universidad nos va a seguir recordando que es una empresa y que quiere crecer a más no poder, tal vez debemos recordarle que nosotros somos sus principales clientes, no solo porque la universidad debe estar en función de los estudiantes, sino porque somos la principal fuente de financiación. Como clientes debemos exigirle a la universidad que deje de pensar en ella sin nosotros. Que deje de tomar decisiones sin nosotros. Como clientes somos miembros activos, estamos invirtiendo nuestro dinero aquí, por lo que la Universidad nos debe rendir cuentas y nosotros debemos evaluar el funcionamiento de ésta, tal como en una empresa.

            Podemos hacer lo anterior y ponernos en el papel de clientes para que la Universidad nos oiga, puede que eso debamos hacer. Pero no debemos olvidar que seguimos siendo estudiantes, y como tal debemos tomar este momento y utilizarlo para pensar a fondo en qué falla el modelo educativo mundial alrededor del cual la Universidad se proyecta. Siempre me ha molestado que la universidad nos meta hasta por los ojos que se caracteriza por educar profesionales emprendedores e innovadores, pues tiene en el fondo un concepto de desarrollo que puede ser problemático; pero de pronto, es el momento de mostrar ese carácter innovador. Es el momento de un cambio. Es el momento de que la universidad sea consciente de que no se debe parecer tanto a un centro comercial, con sus pautas publicitarias y sus departamentos de marketing, y deba volver a pensar en modelos educativos. Que no tengamos que mirar tanto otros modelos sino pensar en uno propio que destaque las necesidades de su entorno.

            Eagleton destaca que la universidad medieval se caracterizaba por ser una que respondía a necesidades de su entorno –claro, fundamentado en un carácter religioso-. Tal vez, debamos volver la mirada y pensar qué clase de educación necesita nuestra sociedad, qué estrategias podemos pensar para disminuir la desigualdad, cómo concientizar y visibilizar los casos de violencia de género o discriminación sexual, cómo generar un entorno universal que caracterice la sociedad que queremos construir.

            En últimas, tal vez sea un momento para recordarle a todos qué quiere decir estar en una Universidad y qué implica esa universalidad. Es pensar en nuevas formas de comprendernos, es reflexionar sobre el conocimiento que producimos, es pensar juntos para dónde vamos y cómo vamos. Es el momento de recordarle a la Universidad que en la Universidad no pueden ser unos arriba, que no es universidad sin estudiantes ni profesores, que no nos deben dar por sentado, que tal vez podamos tomar mejores decisiones que realmente afecten de manera positiva el modelo educativo actual.

            Por lo  mismo, invito a todos los estudiantes y profesores a hacer parte de los diferentes eventos que se llevarán a cabo esta semana alrededor del alza de matrículas. En el siguiente enlace está una nota de vice sobre la situación actual y la agenda de esta semana: https://www.vice.com/es_co/article/bj74kw/estudiantes-universidad-de-los-andes-protesta-precio-matricula-astronomica-bogota-vice

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Silencio

Lina V. Ortega
Estudiante de Literatura

En su pieza no había televisor, por eso entró a la mía.

—Linda, ¿me dejas ver televisión acá?

Yo me corrí y le hice espacio en la cama.

—¿Y me dejas cambiar el canal?

Dijo mientras cogía el control. Luego de cambiar canales un rato le subió el volumen al televisor. Muy duro. Tan duro que si mi mamá hubiera estado en la casa seguro me regaña. El volumen me estaba molestando, me retumbaba en la cabeza pero me quedé callada. Nunca he sido de las que les gusta hablar, mucho menos quejarse, ¿para qué? Yo mejor me ahorro los problemas, las discusiones.

Por eso fue que me sorprendí cuando empecé a gritar. Gritaba tan duro que parecía que estaba intentando pasar el volumen del televisor. Pero no sirvió de mucho tampoco, a pesar de que yo gritaba con todas mis fuerzas, el televisor ahogaba mis gritos.

Cuando se fue apagó el televisor. Yo ya había dejado de gritar y el silencio se lo tomó todo. Un silencio que me pesaba en los oídos y que se quedó conmigo incluso cuando empecé a llorar. Llegué llorando a donde mi papá pero no le dije nada. Las palabras ya no me salían, ahora el silencio se lo tragaba todo.

Hablar. Hablar luego de eso es difícil y más si uno es de las que no les gusta pelear. Más cuando el silencio ya te atrapó y aunque duele en cierta forma también reconforta. El problema es la gente alrededor, ellos se dan cuenta cuando a uno le pasa algo.  Por eso le conté a mi mamá al final, ella me lo sacó. Fue unos meses después ella la que me animó a denunciar. Pero lo mismo, uno abre la boca y es para problemas. Mejor me hubiera quedado callada, así me ahorraba la angustia de tener que andar por este pueblo amenazada. Lo mejor que uno puede hacer es dejar que el silencio se lo tome todo. Si no, todo termina siendo inútil, como intentar superar el volumen del televisor con gritos.


El grupo Las Troyanas surgió como una iniciativa estudiantil con el fin de hacerle frente a la necesidad de poner en contacto a los estudiantes de la Universidad de los Andes con la realidad nacional desde diferentes puntos de vista, pero sobre todo desde el punto de vista del quehacer literario. El grupo decidió enfocarse en la violencia sexual en el conflicto armado en Colombia y en reescribir las denuncias de las víctimas de dicho delito proponiendo diferentes estrategias narrativas que buscaran distanciarse del formato del testimonio usado en los informes del Centro de Memoria Histórica y de las testificaciones usadas en las denuncias judiciales. Esto con el fin de que los testimonios de las mujeres víctimas, por lo general impactantes y crudos en cuanto a los hechos que relatan, puedan ser leídos sin generar el impacto y rechazo que en ocasiones pueden generar en las personas y, en tal medida, inviten al lector para que entre en contacto con las historias de esas mujeres.

Adicional a lo anterior, la reescritura de los testimonios también pretende, en su búsqueda por narrar de formas alternativas la violencia sexual, invitar a la reflexión sobre otros elementos que son intrínsecos a ella pero que por lo general son dejados de lado u omitidos porque no son tan evidentes o impactantes como el mismo hecho de la violación, tales como: el silencio que guarda la víctima como resultado del estigma social, el uso de la violencia sexual como instrumento político, la complicidad entre la comunidad de la víctima y el victimario, por poner algunos ejemplos. En tal medida, a la par que el grupo busca poner en contacto a los estudiantes de los Andes con la realidad nacional, también busca generar espacios donde los testimonios de las víctimas sean conocidos y, a partir de ello, se genere una discusión y reflexión sobre la violencia sexual en nuestro país.

https://www.facebook.com/troyanasuniandes/

La maldita ciudad era la misma

Libardo Gómez
Estudiante de Literatura

El maldito pueblo era el mismo. Los caminos cortos, el suelo seco, los hombres trabajando y las mujeres tiradas, ahí, todas boniticas, linditas, dispuestas a darle a uno todo. Pero ella no era así. En el Bagre las mujeres no eran como ella. Esa hembra no era así.

Yo sabía que su esposo se había ido. Yo sabía cómo entrar, al fin y al cabo era techo de zinc. Yo había pensado entrar desde antes. Ya la había visto una noche, y yo tenía ganas. Yo necesitaba eso que ellas le dan a los machos como yo. Pero ella era esquiva. Dizque porque su esposo la amaba y sus dos hijos eran todo lo que tenía. Yo estaba y el esposo no. Yo quería y ella no. Pero yo tenía ganas.

Esa noche salí y tome unas polas con los socios. Me aburrí a eso de la una de la mañana y me fui hasta su casa. Sabía que ella estaría ahí, sin esposo, ni guardian, ni policia. Ella estaba ahí y yo con ganas. Pero ella era del Bagre y no me iba a dejar.

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Movilizaciones estudiantiles

Mariana Sanz de Santamaría
Estudiante de Derecho 

Porque si no desequilibran el estado de cosas e incomodan a los dirigentes, entonces estaríamos condenados a una ciudadanía conformista, pasiva y por tanto oprimida, aceptando el condicionamiento de nuestro futuro a las voluntades y tiempos de los mismos de siempre.

Es probable que de un año para acá me haya obsesionado con la construcción de paz. No pasa un día en el que no lea algún artículo, columna o texto sobre el conflicto armado colombiano y el proceso de diálogo. Le he hecho cercano seguimiento a cada punto acordado. Absolutamente todo lo relaciono con la paz, con la reconciliación o con la guerra. Pues grata ha sido mi sorpresa que no estoy sola en esta obsesión y que esta obsesión tiene otro nombre: activismo.

 Poco se le ha reconocido a los movimientos sociales por su labor indispensable en construir reivindicaciones y supremacía de los derechos de todos. No es en vano que el derecho a la huelga y a la manifestación haya sido uno de los más peleados y tardíos en ser reconocidos: su poder genera ansiedad a la clase política. Colombia tiene una larga historia de movilización social cuyas victorias se ven plasmadas en la Constitución del 91. Sin el activismo del campesinado, las mujeres, los indígenas, los trabajadores (entre muchos otros) no tendríamos ni la mitad de los derechos que ellos lograron alzar a fundamentales. Claro, sin desconocer que el contexto y las circunstancias particulares de cada momento jugaron un gran papel en estos cambios. Las libertades sindicales, de asociación, de expresión, el derecho a la propiedad de la tierra, así como su función social, la participación política incluyente, el reconocimiento de la mujer, a los indígenas…. El derecho a la paz. A pesar de esas victorias formales, muchos de estos no son del todo garantizados y son, por lo contrario,  aun vulnerados; obligándolos a seguir movilizándose por su reivindicación.

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El formulario

 

Angélica Cocomá
Estudiante de Derecho y Filosofía

Yo siempre he sido una campesina muy rara. Miré hacia abajo y vi que decía “Formato único de noticia criminal“. Me quedé mirando las letras sobre el papel y me puse a recordar cómo había llegado hasta aquí. ¿Por qué cuando me amenazaron yo volví a acudir al Estado a pesar de que nunca me dieron garantías reales? Me di cuenta que algunas letras estaban corridas en el formulario, como si hubieran sacado las fotocopias de afán. Fue ahí cuando comencé a entender porqué yo sentía un vacío en cada proceso, en cada conversación con el Estado. Me decían que no habían podido reunirse. Que tenían mucho trabajo. En últimas, que no había tiempo. Y eso era lo que yo necesitaba. Sí, tiempo.

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RESEÑA: PARIENTE

Imagen tomada de La Banda del Carro Rojo

Santiago Eslava
Estudiante de Filosofía y Literatura

Pariente, escrita y dirigida por Iván Gaona, es una película filmada en Güepsa, Santander. Con ella Gaona se acerca en lo formal a la gran tradición norteamericana y europea de las películas del oeste y, al mismo tiempo, se aleja de ella en el desarrollo del tema y de los personajes: tanto la música (a cargo de Edson Velandia, músico santandereano que experimenta con la tradición de su tierra) que tiene una importancia eminente y es tematizada a lo largo de la película, como la relación del hombre con el paisaje, que resulta ser un personaje más en la película, (en tomas que enfrentan a sus personajes con la topografía y el verdor sobrecogedores de Santander) recuerdan a los Spaghetti Western que tanto éxito tuvieron en las décadas de los 60 y los 70 del siglo pasado. Sin embargo, Willington, el héroe de esta película, lejos de ser un glorificado forajido o un cazarrecompensas invulnerable, se gana la vida como conductor de una volqueta y, lejos de ser el prototipo de un galán del oeste como John Wayne o Clint Eastwood, se resigna a ver cómo un pariente suyo, René, prepara su matrimonio con la mujer de la que está enamorado, Mariana.

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La violencia: una representación infinita. Una mirada desde Abad Colorado.

Adriana Patricia Vera Aguilera
Estudiante maestría en Estudios Culturales

La violencia acontecida en Colombia es imaginable y, al mismo tiempo, inimaginable. Después de 60 años de conflicto, el repertorio de acciones violentas es ya un viejo conocido dentro de la población; no es necesario imaginarse, la realidad ha sido expuesta por diferentes medios. No obstante, tenemos lo inimaginable que, en contraposición con lo imaginable, reposa sobre lo que no estuvo al alcance de la masividad, lo que no adquirió el estatus icónico. En otras palabras, no es el carrobomba, el cadáver, el exsecuestrado o el mapa de ubicación de una operación lo que es inimaginable; todo ello ya lo hemos visto con explicitud en prensa y televisión nacional, todo ello tiene un nombre propio y podría ser una representación icónica, como Ingrid Betancourt o el cadáver del ‘Mono Jojoy’. Los objetos, personas y cualquier agente que pueda ser la consecuencia final de un hecho violento terminan, irremediablemente, convertidos en la representación de “la violencia”. Por el contrario, no sucede así con las manifestaciones ulteriores y posteriores al clímax del hecho, el miedo del antes, la cotidianidad, la desolación después de la muerte. Cuesta imaginarse lo que no está enmarcado de manera icónica en la imagen televisiva, en la prensa, en la fotografía, y eso nos genera una lejanía con el hecho. Pero hay excepciones. Excepciones que representan lo inimaginable, lo que se queda fuera del marco más masivo.

Desde hace 26 años Jesús Abad Colorado se ha encargado de capturar el conflicto armado colombiano. En sus fotografías el carácter ideológico y político, dice él, desaparece para dar rostro(s) al drama, al miedo, a la guerra y a todo lo que de ella se desprende.  En palabras de Abad, su trabajo es un testimonio contra el olvido. Sus fotografías son hechas para comprometer al espectador, para ponerlo de cara a la muerte y para hacerlo comprender la vida: “En la fotografía confluyen tres prácticas: el hacer como física presencia, el someterse a una experiencia o emoción y el mirar. La fotografía, nos dice Roland Barthes, involucra siempre a dos: un observador y un observado. En ese sentido, el mirar nos conduce hacia una conciencia y un entendimiento que tal vez quisiéramos no tener. El mirar nos coloca, como al fotógrafo, en el papel de observadores y pone en falso la inocencia”[1] (Abad et al., 2001, s.p).

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Cómo persuadir a alguien de que vote por el Sí

Foto tomada de EL TIEMPO

Camilo Martínez
Estudiante de la Maestría en Filosofía
Universidad de los Andes

Esta semana el uribismo anunció oficialmente que hará campaña a favor del No en el plebiscito sobre el acuerdo final que resulte de los diálogos de paz entre el gobierno y las Farc. Sin embargo, hace meses que el movimiento ha venido preparando a su base política para que se manifieste en contra del proceso. En mayo el ex presidente invitó a sus seguidores a iniciar un movimiento de resistencia civil en contra de lo que se acuerde en La Habana, y en junio comenzaron las jornadas de recolección de firmas de ciudadanos inconformes con que se negocie con las Farc.

No es exagerado decir que la decisión que se tome en el plebiscito puede ser una de las más importantes en la vida política del país en los últimos años, sobre todo ahora que el uribismo decidió apostarle al No en lugar de intentar minar la legitimidad de la votación a través de la abstención. Por eso la posición de algunos seguidores del ex presidente es tan peligrosa. Por supuesto, hay razones en contra de dialogar con las Farc, incluso suficientes como para concluir que un acuerdo de paz con esa guerrilla es demasiado costoso moral y socialmente. El problema es que para muchas personas la decisión a favor del No no está basada en razones bien fundamentadas, sino en creencias dudosas, cuando no abiertamente falsas.

Por ejemplo, La Silla Vacía se dio a la tarea de verificar varias afirmaciones que el ex presidente hizo sobre los diálogos esta semana y encontró que la mayoría eran, o bien falsedades, o bien verdades a medias. Entre otras cosas, Uribe dijo o insinuó que los guerrilleros que cometieron crímenes de lesa humanidad no van pagar ninguna pena, que las Farc van a poder nombrar sus propios jueces, que ni el narcotráfico ni el secuestro serán castigados y que los guerrilleros ocuparán con seguridad importantes posiciones políticas después del acuerdo. Este es el discurso que Uribe y otras cabecillas de su partido han divulgado desde que comenzaron las negociaciones. No es raro, entonces, que varios de sus seguidores tengan una imagen distorsionada tanto del propósito de los diálogos como de sus consecuencias y que, por ende, están dispuestos a votar por el No.

¿Qué hacer ante este panorama? ¿Cómo persuadir a estas personas de que lo que les ha dicho su jefe político sobre el acuerdo es engañoso, verdadero a medias o simplemente falso? Desafortunadamente, la estrategia más sencilla está destinada al fracaso, pues corregir a los uribistas, es decir, presentarles las cosas como realmente son, no va a funcionar. Eso, al menos, es lo que indica la ciencia disponible sobre la adquisición y corrección de creencias falsas. Tal vez la conclusión más importante que puede extraerse del cúmulo de estudios sobre este tema es que las creencias falsas, una vez han sido incorporadas en el sistema de creencias de una persona, son altamente resistentes al cambio, en especial cuando confirman la cosmovisión o la idiosincrasia particular de esa persona, incluida su ideología política. (En la discusión que sigue me baso en la reseña de Lewandowsky et al.)

La ideología afecta las creencias de las personas al menos en dos niveles. Por un lado, las personas son más susceptibles de creer información falsa cuando esta es compatible con su punto de vista. Esto puede suceder porque la información es incorporada más fácilmente cuando es coherente con otras creencias que la persona ya tiene, o porque la persona asume que las fuentes que son afines a ella ideológicamente son más confiables que otras que no lo son. Incluso hay evidencia de que la información que desafía el punto de vista de una persona es más difícil de procesar, en parte porque está asociada con sentimientos y emociones negativas.

Por otro lado, la ideología determina la manera como las personas reaccionan a nueva información que desafía las creencias falsas que ya han adquirido. En la literatura esto se denomina el “efecto de influencia continuada” (continued influence effect): una vez una creencia hace parte de la ecología cognitiva de una persona, es necesario mucho trabajo para modificarla o corregirla. Además, los esfuerzos por corregir la información falsa pueden ser de hecho contraproducentes: las personas se reafirman en sus creencias cuando alguien intenta corregirlas. Esto se conoce como el “efecto culetazo” (backfire effect).

La imagen que resulta de los estudios científicos sobre la desinformación es algo como esto: las personas están abiertas a aceptar información que es compatible con su cosmovisión aunque esta sea dudosa –información que es muy difícil de corregir después de que ha sido incorporada. Las creencias falsas se “enquistan” y eventualmente constituyen, junto con otras creencias, prejuicios y actitudes, un sistema que es más o menos inmune al cambio.

Podría pensarse que las personas que forman y mantienen creencias de esta manera son paradigmas de irracionalidad. Como mínimo, la racionalidad epistémica requiere que uno crea en una proposición en la medida en que haya evidencia a favor de ella. Sin embargo, aunque en muchos casos quienes terminan envueltos en una red de creencias falsas sí manifiestan vicios epistémicos, desde cierto punto de vista estas personas son de hecho ejemplos de racionalidad –o por lo menos no son más irracionales que cualquier otra persona. Los mecanismos psicológicos a través de los cuales las personas adquieren y sostienen creencias falsas son mecanismos que en muchos casos son racionales.

Nuestras creencias son nuestro mapa del mundo y determinan parcialmente qué tan exitosos somos navegándolo. En ese sentido, es provechoso para nosotros tener mecanismos que garanticen que nuestras creencias son verdaderas. Sin embargo, también somos seres limitados cognitiva y temporalmente, y por esto sencillamente no podemos sopesar cuidadosamente la evidencia en todo tiempo y en todo lugar. Por el contrario, dependemos de estrategias que nos facilitan el trabajo, como la de rechazar información que sea incompatible con lo que ya creemos, confiar en quienes nos rodean e incluso usar nuestras reacciones emocionales como una guía. En otras palabras, antes que creyentes cartesianos preocupados por que cada uno de los pisos de su edificio de creencias sea inconmovible, somos creyentes pragmatistas que parten de un edificio ya establecido y le van haciendo reparaciones y arreglos según resulte necesario.

¿Cómo se conecta todo esto con el plebiscito? Hasta donde sé, los partidarios del Sí no han lanzado todavía ningún movimiento independiente como el del uribismo . Aparte de algunas iniciativas, como por ejemplo la del grupo La Paz Querida, conformado por 42 intelectuales, entre ellos Rodrigo Uprimny y Angelika Rettberg, parece que el grueso de quienes tenemos la intención de votar por el Sí en el plebiscito esperamos que sea el gobierno de Santos, el mayor interesado políticamente en que el acuerdo se refrende, el que guíe el camino.

Los sondeos de opinión indican que tenemos motivos para ser más activos. Según la última encuesta de Ipsos, que difundió hoy Semana, la intención de voto a favor del No es del 50%, contra 39% a favor del Sí. No creo que este resultado sea concluyente, pero sí muestra que el apoyo a los diálogos es inestable. De hecho, las encuestas de los últimos meses demuestran que este apoyo ha fluctuado en función de los avances y reveses del proceso, y esto sugiere que no hay todavía un compromiso decantado a favor de los diálogos. En otras palabras, el plebiscito se puede perder y el resultado depende de lo que suceda en la campaña.

Mi sugerencia es que pensemos en estrategias de campaña que sean sensibles a lo que sabemos sobre cómo se organizan las creencias de las personas. Aquí la ciencia también puede brindarnos una mano. La siguiente es una lista de consejos que pueden extraerse de los estudios pertinentes:

1.    Las creencias falsas tienden a ser resistentes en parte porque de ser cambiadas dejarían “huecos” o “vacíos” en el sistema de creencias de la persona. En ese sentido, es importante diseñar narrativas que corrijan la información falsa y al mismo tiempo llenen esos huecos con información veraz. Por ejemplo, la creencia de que el presidente Santos es un miembro encubierto de las Farc explica para muchas personas su motivación política para dialogar con esa guerrilla. Una corrección de esa creencia no será exitosa si no se provee una explicación adicional de las motivaciones de Santos.
2.    También hay evidencia de que las narrativas más simples son más efectivas pues son más fáciles de procesar. Así, aunque los temas políticos que rodean la decisión del plebiscito son complejos, el argumento a favor del Sí debe presentarse de la manera más sencilla posible. Por ejemplo, en lugar de mencionar todos los matices del proceso, se puede decir que es una manera de obtener los beneficios de la paz pagando un precio que en comparación es bajo, a saber, el de concederle inmunidad restringida a los diferentes actores del conflicto.
3.    Las campañas deben enfatizar los hechos y, en la medida de lo posible, no mencionar la información falsa, pues esta se refuerza con cada repetición. Por eso y por otras razones es necesario evitar campañas cuyo punto de partida sea poner en evidencia las mentiras de las cabecillas del uribismo.
4.    El argumento a favor del Sí debe presentarse de una manera en la que no sea abiertamente incompatible con la cosmovisión de quienes favorecen el No. Por ejemplo, se puede hablar de los posibles beneficios económicos que traería el fin del conflicto con las Farc o señalar que los diálogos parecen un consecuencia natural de la guerra frontal que Uribe emprendió contra la guerrilla y que la debilitó lo suficiente como para que aceptaran una salida negociada al conflicto.
5.    En la medida que las personas juzgan cuán confiable es una fuente con base en su afiliación política, sería bueno que las campañas fueran  adelantadas por movimientos independientes de la política partidista y, en especial, del gobierno.

Hay algo de macabro en estos consejos. En cierto sentido parecen estrategias de manipulación que evitan que se dé un debate genuinamente democrático. Además, ¿cómo puede ser legítimo un triunfo del Sí si se consigue a partir de tácticas como estas? Tal vez sí hay maneras de combatir la desinformación que son mejores e incluso más éticas. Una de ellas es la educación. Pero también hay algo de antipático en limitarse a enunciar hechos sin preocuparse por las actitudes, creencias previas y convicciones de la audiencia. Saber en qué medida esas actitudes y convicciones determinan el estado epistémico de las personas puede permitir que nuestras discusiones políticas sean más empáticas y provechosas.

Escriba para el Blog de Revista La Cicuta. Envíenos su columna al correo lacicuta@uniandes.edu.co

Silbatos y ‘Prostitución Homosexual’

Alejandro Vesga
Estudiante de la Maestría en Filosofía
Universidad de los Andes

De todo el asunto—de Vicky Dávila, de Palomino, del viceministo y de la policía—me queda una molestia que aún no he visto suficientemente mencionada. Cuando busco reportajes acerca de la cínicamente nombrada ‘comunidad del anillo’, encuentro constantemente en los titulares el uso de la expresión ‘prostitución homosexual’. Parece, sin duda, que el hecho de que la prostitución sea homosexual es un aspecto esencial de la noticia:

Sin embargo, no es esencial. La razón por la cual lo que sucede al interior de los altos rangos de la Policía debería preocuparnos no cambia porque el acoso y los ofrecimientos hayan sido de un hombre a otro. Acoso es acoso y prostitución es prostitución. El escándalo no consiste en que salieron a la luz relaciones homosexuales. Consiste en que hay una red de prostitución y acoso en la policía. Que existan redes de prostitución y acoso gestionadas por los altos mandos es alarmante, que suceda entre hombres parece incidental para formar nuestros juicios sobre los hechos. ¿Por qué insistir con ‘homosexual’ como marca clave de estos reportajes?

Creo que el uso de la palabra ‘homosexual’ en estos casos funciona de modo similar a los actos de habla que Jennifer Saul llama ‘silbatos caninos’ implícitos. En estos casos, una expresión o una palabra es utilizada para despertar actitudes que las audiencias no reconocen conscientemente y así encausar sus creencias y acciones según los fines del hablante.
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