Archivo de la categoría: Columna

¿Qué hacer con el alza de matrículas?

 

Camila Sabogal
Estudiante de Filosofía y Literatura

Terry Eagleton en un artículo que escribe para The Chronicle establece el fin de la universidad a partir de la privatización de esta. En este, Eagleton habla propiamente de la universidad en Inglaterra, si bien, sus afirmaciones parecen exageradas y giran en torno a un pesimismo académico, hay un elemento que es posible contrastar con la situación presente que vive particularmente La Universidad de los Andes.

            El autor habla de cómo con la privatización de la educación, los intereses y los roles de cada quien se vuelven distintos. Por un lado, los profesores dejan de tener prioridades educativas para concentrarse en investigación –pues es lo que da más plata- y como resultado de lo anterior se vuelven ‘gerentes’ ya que su función gira en torno a conseguir ingresos para financiar las diferentes investigaciones. Además adquieren responsabilidades administrativas que antes no tenían, consumiendo más de su tiempo. Por otro lado, los estudiantes se vuelven los ‘clientes’, los que adquieren los servicios de la Universidad.

            Ahora bien, la situación no tiene que ser tan mala como la plantea Eagleton. No creo que sea el fin de las universidades por su carácter privado, puede ser solo un llamado para el cambio. Cuando uno empieza a estudiar en la Universidad de los Andes, de entrada acepta que es una universidad privada, uno tiene plena conciencia de que va a pagar la matrícula más cara en el país. Sin embargo, con la reciente noticia de que la matrícula subió a 16.344.000, ya no parece ser tan fácil estar dispuesto a pagarla. En parte porque cada vez se siente menos como una Universidad. Esta nos recuerda constantemente que es una empresa y que busca crecer. La voz de los estudiantes y profesores parece quedar de lado en los planes de crecimiento y proyección. Con nuevos edificios y nuevas sedes, los profesores ya no tienen tiempo para los estudiantes y los estudiantes, esperando no demorarse tanto y no tener que seguir pagando la matrícula más cara del país, se llenan de créditos al punto de no tener tiempo ni para darse cuenta de qué pasa alrededor.

            Entonces, si la Universidad nos va a seguir recordando que es una empresa y que quiere crecer a más no poder, tal vez debemos recordarle que nosotros somos sus principales clientes, no solo porque la universidad debe estar en función de los estudiantes, sino porque somos la principal fuente de financiación. Como clientes debemos exigirle a la universidad que deje de pensar en ella sin nosotros. Que deje de tomar decisiones sin nosotros. Como clientes somos miembros activos, estamos invirtiendo nuestro dinero aquí, por lo que la Universidad nos debe rendir cuentas y nosotros debemos evaluar el funcionamiento de ésta, tal como en una empresa.

            Podemos hacer lo anterior y ponernos en el papel de clientes para que la Universidad nos oiga, puede que eso debamos hacer. Pero no debemos olvidar que seguimos siendo estudiantes, y como tal debemos tomar este momento y utilizarlo para pensar a fondo en qué falla el modelo educativo mundial alrededor del cual la Universidad se proyecta. Siempre me ha molestado que la universidad nos meta hasta por los ojos que se caracteriza por educar profesionales emprendedores e innovadores, pues tiene en el fondo un concepto de desarrollo que puede ser problemático; pero de pronto, es el momento de mostrar ese carácter innovador. Es el momento de un cambio. Es el momento de que la universidad sea consciente de que no se debe parecer tanto a un centro comercial, con sus pautas publicitarias y sus departamentos de marketing, y deba volver a pensar en modelos educativos. Que no tengamos que mirar tanto otros modelos sino pensar en uno propio que destaque las necesidades de su entorno.

            Eagleton destaca que la universidad medieval se caracterizaba por ser una que respondía a necesidades de su entorno –claro, fundamentado en un carácter religioso-. Tal vez, debamos volver la mirada y pensar qué clase de educación necesita nuestra sociedad, qué estrategias podemos pensar para disminuir la desigualdad, cómo concientizar y visibilizar los casos de violencia de género o discriminación sexual, cómo generar un entorno universal que caracterice la sociedad que queremos construir.

            En últimas, tal vez sea un momento para recordarle a todos qué quiere decir estar en una Universidad y qué implica esa universalidad. Es pensar en nuevas formas de comprendernos, es reflexionar sobre el conocimiento que producimos, es pensar juntos para dónde vamos y cómo vamos. Es el momento de recordarle a la Universidad que en la Universidad no pueden ser unos arriba, que no es universidad sin estudiantes ni profesores, que no nos deben dar por sentado, que tal vez podamos tomar mejores decisiones que realmente afecten de manera positiva el modelo educativo actual.

            Por lo  mismo, invito a todos los estudiantes y profesores a hacer parte de los diferentes eventos que se llevarán a cabo esta semana alrededor del alza de matrículas. En el siguiente enlace está una nota de vice sobre la situación actual y la agenda de esta semana: https://www.vice.com/es_co/article/bj74kw/estudiantes-universidad-de-los-andes-protesta-precio-matricula-astronomica-bogota-vice

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Movilizaciones estudiantiles

Mariana Sanz de Santamaría
Estudiante de Derecho 

Porque si no desequilibran el estado de cosas e incomodan a los dirigentes, entonces estaríamos condenados a una ciudadanía conformista, pasiva y por tanto oprimida, aceptando el condicionamiento de nuestro futuro a las voluntades y tiempos de los mismos de siempre.

Es probable que de un año para acá me haya obsesionado con la construcción de paz. No pasa un día en el que no lea algún artículo, columna o texto sobre el conflicto armado colombiano y el proceso de diálogo. Le he hecho cercano seguimiento a cada punto acordado. Absolutamente todo lo relaciono con la paz, con la reconciliación o con la guerra. Pues grata ha sido mi sorpresa que no estoy sola en esta obsesión y que esta obsesión tiene otro nombre: activismo.

 Poco se le ha reconocido a los movimientos sociales por su labor indispensable en construir reivindicaciones y supremacía de los derechos de todos. No es en vano que el derecho a la huelga y a la manifestación haya sido uno de los más peleados y tardíos en ser reconocidos: su poder genera ansiedad a la clase política. Colombia tiene una larga historia de movilización social cuyas victorias se ven plasmadas en la Constitución del 91. Sin el activismo del campesinado, las mujeres, los indígenas, los trabajadores (entre muchos otros) no tendríamos ni la mitad de los derechos que ellos lograron alzar a fundamentales. Claro, sin desconocer que el contexto y las circunstancias particulares de cada momento jugaron un gran papel en estos cambios. Las libertades sindicales, de asociación, de expresión, el derecho a la propiedad de la tierra, así como su función social, la participación política incluyente, el reconocimiento de la mujer, a los indígenas…. El derecho a la paz. A pesar de esas victorias formales, muchos de estos no son del todo garantizados y son, por lo contrario,  aun vulnerados; obligándolos a seguir movilizándose por su reivindicación.

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El formulario

 

Angélica Cocomá
Estudiante de Derecho y Filosofía

Yo siempre he sido una campesina muy rara. Miré hacia abajo y vi que decía “Formato único de noticia criminal“. Me quedé mirando las letras sobre el papel y me puse a recordar cómo había llegado hasta aquí. ¿Por qué cuando me amenazaron yo volví a acudir al Estado a pesar de que nunca me dieron garantías reales? Me di cuenta que algunas letras estaban corridas en el formulario, como si hubieran sacado las fotocopias de afán. Fue ahí cuando comencé a entender porqué yo sentía un vacío en cada proceso, en cada conversación con el Estado. Me decían que no habían podido reunirse. Que tenían mucho trabajo. En últimas, que no había tiempo. Y eso era lo que yo necesitaba. Sí, tiempo.

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La violencia: una representación infinita. Una mirada desde Abad Colorado.

Adriana Patricia Vera Aguilera
Estudiante maestría en Estudios Culturales

La violencia acontecida en Colombia es imaginable y, al mismo tiempo, inimaginable. Después de 60 años de conflicto, el repertorio de acciones violentas es ya un viejo conocido dentro de la población; no es necesario imaginarse, la realidad ha sido expuesta por diferentes medios. No obstante, tenemos lo inimaginable que, en contraposición con lo imaginable, reposa sobre lo que no estuvo al alcance de la masividad, lo que no adquirió el estatus icónico. En otras palabras, no es el carrobomba, el cadáver, el exsecuestrado o el mapa de ubicación de una operación lo que es inimaginable; todo ello ya lo hemos visto con explicitud en prensa y televisión nacional, todo ello tiene un nombre propio y podría ser una representación icónica, como Ingrid Betancourt o el cadáver del ‘Mono Jojoy’. Los objetos, personas y cualquier agente que pueda ser la consecuencia final de un hecho violento terminan, irremediablemente, convertidos en la representación de “la violencia”. Por el contrario, no sucede así con las manifestaciones ulteriores y posteriores al clímax del hecho, el miedo del antes, la cotidianidad, la desolación después de la muerte. Cuesta imaginarse lo que no está enmarcado de manera icónica en la imagen televisiva, en la prensa, en la fotografía, y eso nos genera una lejanía con el hecho. Pero hay excepciones. Excepciones que representan lo inimaginable, lo que se queda fuera del marco más masivo.

Desde hace 26 años Jesús Abad Colorado se ha encargado de capturar el conflicto armado colombiano. En sus fotografías el carácter ideológico y político, dice él, desaparece para dar rostro(s) al drama, al miedo, a la guerra y a todo lo que de ella se desprende.  En palabras de Abad, su trabajo es un testimonio contra el olvido. Sus fotografías son hechas para comprometer al espectador, para ponerlo de cara a la muerte y para hacerlo comprender la vida: “En la fotografía confluyen tres prácticas: el hacer como física presencia, el someterse a una experiencia o emoción y el mirar. La fotografía, nos dice Roland Barthes, involucra siempre a dos: un observador y un observado. En ese sentido, el mirar nos conduce hacia una conciencia y un entendimiento que tal vez quisiéramos no tener. El mirar nos coloca, como al fotógrafo, en el papel de observadores y pone en falso la inocencia”[1] (Abad et al., 2001, s.p).

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Cómo persuadir a alguien de que vote por el Sí

Foto tomada de EL TIEMPO

Camilo Martínez
Estudiante de la Maestría en Filosofía
Universidad de los Andes

Esta semana el uribismo anunció oficialmente que hará campaña a favor del No en el plebiscito sobre el acuerdo final que resulte de los diálogos de paz entre el gobierno y las Farc. Sin embargo, hace meses que el movimiento ha venido preparando a su base política para que se manifieste en contra del proceso. En mayo el ex presidente invitó a sus seguidores a iniciar un movimiento de resistencia civil en contra de lo que se acuerde en La Habana, y en junio comenzaron las jornadas de recolección de firmas de ciudadanos inconformes con que se negocie con las Farc.

No es exagerado decir que la decisión que se tome en el plebiscito puede ser una de las más importantes en la vida política del país en los últimos años, sobre todo ahora que el uribismo decidió apostarle al No en lugar de intentar minar la legitimidad de la votación a través de la abstención. Por eso la posición de algunos seguidores del ex presidente es tan peligrosa. Por supuesto, hay razones en contra de dialogar con las Farc, incluso suficientes como para concluir que un acuerdo de paz con esa guerrilla es demasiado costoso moral y socialmente. El problema es que para muchas personas la decisión a favor del No no está basada en razones bien fundamentadas, sino en creencias dudosas, cuando no abiertamente falsas.

Por ejemplo, La Silla Vacía se dio a la tarea de verificar varias afirmaciones que el ex presidente hizo sobre los diálogos esta semana y encontró que la mayoría eran, o bien falsedades, o bien verdades a medias. Entre otras cosas, Uribe dijo o insinuó que los guerrilleros que cometieron crímenes de lesa humanidad no van pagar ninguna pena, que las Farc van a poder nombrar sus propios jueces, que ni el narcotráfico ni el secuestro serán castigados y que los guerrilleros ocuparán con seguridad importantes posiciones políticas después del acuerdo. Este es el discurso que Uribe y otras cabecillas de su partido han divulgado desde que comenzaron las negociaciones. No es raro, entonces, que varios de sus seguidores tengan una imagen distorsionada tanto del propósito de los diálogos como de sus consecuencias y que, por ende, están dispuestos a votar por el No.

¿Qué hacer ante este panorama? ¿Cómo persuadir a estas personas de que lo que les ha dicho su jefe político sobre el acuerdo es engañoso, verdadero a medias o simplemente falso? Desafortunadamente, la estrategia más sencilla está destinada al fracaso, pues corregir a los uribistas, es decir, presentarles las cosas como realmente son, no va a funcionar. Eso, al menos, es lo que indica la ciencia disponible sobre la adquisición y corrección de creencias falsas. Tal vez la conclusión más importante que puede extraerse del cúmulo de estudios sobre este tema es que las creencias falsas, una vez han sido incorporadas en el sistema de creencias de una persona, son altamente resistentes al cambio, en especial cuando confirman la cosmovisión o la idiosincrasia particular de esa persona, incluida su ideología política. (En la discusión que sigue me baso en la reseña de Lewandowsky et al.)

La ideología afecta las creencias de las personas al menos en dos niveles. Por un lado, las personas son más susceptibles de creer información falsa cuando esta es compatible con su punto de vista. Esto puede suceder porque la información es incorporada más fácilmente cuando es coherente con otras creencias que la persona ya tiene, o porque la persona asume que las fuentes que son afines a ella ideológicamente son más confiables que otras que no lo son. Incluso hay evidencia de que la información que desafía el punto de vista de una persona es más difícil de procesar, en parte porque está asociada con sentimientos y emociones negativas.

Por otro lado, la ideología determina la manera como las personas reaccionan a nueva información que desafía las creencias falsas que ya han adquirido. En la literatura esto se denomina el “efecto de influencia continuada” (continued influence effect): una vez una creencia hace parte de la ecología cognitiva de una persona, es necesario mucho trabajo para modificarla o corregirla. Además, los esfuerzos por corregir la información falsa pueden ser de hecho contraproducentes: las personas se reafirman en sus creencias cuando alguien intenta corregirlas. Esto se conoce como el “efecto culetazo” (backfire effect).

La imagen que resulta de los estudios científicos sobre la desinformación es algo como esto: las personas están abiertas a aceptar información que es compatible con su cosmovisión aunque esta sea dudosa –información que es muy difícil de corregir después de que ha sido incorporada. Las creencias falsas se “enquistan” y eventualmente constituyen, junto con otras creencias, prejuicios y actitudes, un sistema que es más o menos inmune al cambio.

Podría pensarse que las personas que forman y mantienen creencias de esta manera son paradigmas de irracionalidad. Como mínimo, la racionalidad epistémica requiere que uno crea en una proposición en la medida en que haya evidencia a favor de ella. Sin embargo, aunque en muchos casos quienes terminan envueltos en una red de creencias falsas sí manifiestan vicios epistémicos, desde cierto punto de vista estas personas son de hecho ejemplos de racionalidad –o por lo menos no son más irracionales que cualquier otra persona. Los mecanismos psicológicos a través de los cuales las personas adquieren y sostienen creencias falsas son mecanismos que en muchos casos son racionales.

Nuestras creencias son nuestro mapa del mundo y determinan parcialmente qué tan exitosos somos navegándolo. En ese sentido, es provechoso para nosotros tener mecanismos que garanticen que nuestras creencias son verdaderas. Sin embargo, también somos seres limitados cognitiva y temporalmente, y por esto sencillamente no podemos sopesar cuidadosamente la evidencia en todo tiempo y en todo lugar. Por el contrario, dependemos de estrategias que nos facilitan el trabajo, como la de rechazar información que sea incompatible con lo que ya creemos, confiar en quienes nos rodean e incluso usar nuestras reacciones emocionales como una guía. En otras palabras, antes que creyentes cartesianos preocupados por que cada uno de los pisos de su edificio de creencias sea inconmovible, somos creyentes pragmatistas que parten de un edificio ya establecido y le van haciendo reparaciones y arreglos según resulte necesario.

¿Cómo se conecta todo esto con el plebiscito? Hasta donde sé, los partidarios del Sí no han lanzado todavía ningún movimiento independiente como el del uribismo . Aparte de algunas iniciativas, como por ejemplo la del grupo La Paz Querida, conformado por 42 intelectuales, entre ellos Rodrigo Uprimny y Angelika Rettberg, parece que el grueso de quienes tenemos la intención de votar por el Sí en el plebiscito esperamos que sea el gobierno de Santos, el mayor interesado políticamente en que el acuerdo se refrende, el que guíe el camino.

Los sondeos de opinión indican que tenemos motivos para ser más activos. Según la última encuesta de Ipsos, que difundió hoy Semana, la intención de voto a favor del No es del 50%, contra 39% a favor del Sí. No creo que este resultado sea concluyente, pero sí muestra que el apoyo a los diálogos es inestable. De hecho, las encuestas de los últimos meses demuestran que este apoyo ha fluctuado en función de los avances y reveses del proceso, y esto sugiere que no hay todavía un compromiso decantado a favor de los diálogos. En otras palabras, el plebiscito se puede perder y el resultado depende de lo que suceda en la campaña.

Mi sugerencia es que pensemos en estrategias de campaña que sean sensibles a lo que sabemos sobre cómo se organizan las creencias de las personas. Aquí la ciencia también puede brindarnos una mano. La siguiente es una lista de consejos que pueden extraerse de los estudios pertinentes:

1.    Las creencias falsas tienden a ser resistentes en parte porque de ser cambiadas dejarían “huecos” o “vacíos” en el sistema de creencias de la persona. En ese sentido, es importante diseñar narrativas que corrijan la información falsa y al mismo tiempo llenen esos huecos con información veraz. Por ejemplo, la creencia de que el presidente Santos es un miembro encubierto de las Farc explica para muchas personas su motivación política para dialogar con esa guerrilla. Una corrección de esa creencia no será exitosa si no se provee una explicación adicional de las motivaciones de Santos.
2.    También hay evidencia de que las narrativas más simples son más efectivas pues son más fáciles de procesar. Así, aunque los temas políticos que rodean la decisión del plebiscito son complejos, el argumento a favor del Sí debe presentarse de la manera más sencilla posible. Por ejemplo, en lugar de mencionar todos los matices del proceso, se puede decir que es una manera de obtener los beneficios de la paz pagando un precio que en comparación es bajo, a saber, el de concederle inmunidad restringida a los diferentes actores del conflicto.
3.    Las campañas deben enfatizar los hechos y, en la medida de lo posible, no mencionar la información falsa, pues esta se refuerza con cada repetición. Por eso y por otras razones es necesario evitar campañas cuyo punto de partida sea poner en evidencia las mentiras de las cabecillas del uribismo.
4.    El argumento a favor del Sí debe presentarse de una manera en la que no sea abiertamente incompatible con la cosmovisión de quienes favorecen el No. Por ejemplo, se puede hablar de los posibles beneficios económicos que traería el fin del conflicto con las Farc o señalar que los diálogos parecen un consecuencia natural de la guerra frontal que Uribe emprendió contra la guerrilla y que la debilitó lo suficiente como para que aceptaran una salida negociada al conflicto.
5.    En la medida que las personas juzgan cuán confiable es una fuente con base en su afiliación política, sería bueno que las campañas fueran  adelantadas por movimientos independientes de la política partidista y, en especial, del gobierno.

Hay algo de macabro en estos consejos. En cierto sentido parecen estrategias de manipulación que evitan que se dé un debate genuinamente democrático. Además, ¿cómo puede ser legítimo un triunfo del Sí si se consigue a partir de tácticas como estas? Tal vez sí hay maneras de combatir la desinformación que son mejores e incluso más éticas. Una de ellas es la educación. Pero también hay algo de antipático en limitarse a enunciar hechos sin preocuparse por las actitudes, creencias previas y convicciones de la audiencia. Saber en qué medida esas actitudes y convicciones determinan el estado epistémico de las personas puede permitir que nuestras discusiones políticas sean más empáticas y provechosas.

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Silbatos y ‘Prostitución Homosexual’

Alejandro Vesga
Estudiante de la Maestría en Filosofía
Universidad de los Andes

De todo el asunto—de Vicky Dávila, de Palomino, del viceministo y de la policía—me queda una molestia que aún no he visto suficientemente mencionada. Cuando busco reportajes acerca de la cínicamente nombrada ‘comunidad del anillo’, encuentro constantemente en los titulares el uso de la expresión ‘prostitución homosexual’. Parece, sin duda, que el hecho de que la prostitución sea homosexual es un aspecto esencial de la noticia:

Sin embargo, no es esencial. La razón por la cual lo que sucede al interior de los altos rangos de la Policía debería preocuparnos no cambia porque el acoso y los ofrecimientos hayan sido de un hombre a otro. Acoso es acoso y prostitución es prostitución. El escándalo no consiste en que salieron a la luz relaciones homosexuales. Consiste en que hay una red de prostitución y acoso en la policía. Que existan redes de prostitución y acoso gestionadas por los altos mandos es alarmante, que suceda entre hombres parece incidental para formar nuestros juicios sobre los hechos. ¿Por qué insistir con ‘homosexual’ como marca clave de estos reportajes?

Creo que el uso de la palabra ‘homosexual’ en estos casos funciona de modo similar a los actos de habla que Jennifer Saul llama ‘silbatos caninos’ implícitos. En estos casos, una expresión o una palabra es utilizada para despertar actitudes que las audiencias no reconocen conscientemente y así encausar sus creencias y acciones según los fines del hablante.
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El “espacio público”: ni espacio, ni público.

Lucía Gallón
Estudiante de Filosofía y Literatura
Universidad de los Andes

Si yo le preguntara qué entiende por “espacio público”, ¿se sentiría Ud., señor lector, en la capacidad de darme una respuesta concreta sin tener que detenerse un momento para reflexionar sobre la pregunta en cuestión? Lo más probable es que no, pues esas palabras, aunque son usadas con bastante frecuencia en el ámbito político, pueden ser bastante oscuras. Sin embargo, lo que quizás ignore es que esa expresión oscura juega un papel fundamental en la teoría política moderna y en la concepción y funcionamiento del Estado democrático moderno. Es gracias a ella que se puede pensar que, en una democracia, los ciudadanos deben poder tener acceso a espacios donde les sea posible interactuar entre ellos en una situación de igualdad, por fuera de las instituciones estatales y sin miramientos a sus condiciones sociales, económicas, ideologías políticas y condiciones personales (tales como religión y prácticas culturales). Ahora bien, el “espacio público” no se limita a un espacio físico, aunque su nombre indique lo contrario, sino que es un concepto abstracto que sirve para pensar cómo deberían ser articuladas las relaciones entre los ciudadanos en una democracia. Además, es un concepto neutro lo cual significa que no puede estar permeado por ningún tipo de fuerza o de interés o de cualquier ideología política, precisamente para garantizar esa interacción libre entre los miembros de la sociedad. Seguir leyendo El “espacio público”: ni espacio, ni público.

Eufemismos, “orwellismos” e insinceridad

Camilo Martínez
Estudiante de la Maestría en Filosofía,
Universidad de los Andes.

Nuestro lenguaje está lleno de eufemismos[1]. Algunos permiten comportarse con tacto (“perder la vida”, “pasarse de copas”); otros se usan con propósitos publicitarios (“tránsito intestinal”, “zona V”); otros más simplemente parecen torpes o gratuitos (“institución penitenciaria”, “centro de atención médica”).

Por lo general, los eufemismos hacen más fácil el trato cotidiano, y algunos cumplen con la importante función de proteger a grupos tradicionalmente oprimidos (“afro-colombiano”, “indígena”). Además, como sucede también con las metáforas, los eufemismos están sujetos a los vaivenes del lenguaje, a la manera como este evoluciona y cambia con el tiempo. Hay eufemismos que terminan por reemplazar a la palabra original (“fallecer”), o –para usar una expresión de Hannah Arendt– otros se congelan y se convierten en una moneda corriente del lenguaje (“ir al baño”). Finalmente, tal vez por el contexto en el que fueron introducidos y las comunidades que primero los usaron, algunos eufemismos devienen en “disfemismos” (“negro”, “idiota”). Seguir leyendo Eufemismos, “orwellismos” e insinceridad

Humor y filosofía

Por Juan Esteban Guevara

Hace unos días tuve una conversación sobre algún escolástico que, retomando las palabras de Aristóteles, hablaba de la risa como una característica peculiar, si bien no esencial, en el hombre. Aparentemente, la risa, a pesar de no definir en sentido estricto a la especie humana, es una característica no sólo inmanente sino completamente única en nosotros. Las “risas” de las hienas, por ejemplo, no van más allá de una asociación auditiva, y en los simios mostrar los dientes es de hecho una expresión de advertencia de peligro. La risa cuando es honesta, logra liberar una cantidad impresionante de endorfinas (y demás cocteles hormonales de nombres impertinentes) directamente asociados con estados de bienestar.

Bienestar. Bienestar me parece una palabra mojigata, una suerte de eufemismo para evitar los problemas conceptuales que traen palabras como felicidad, realización, serenidad, y demás verborrea asociada. No obstante, partámosla y juguemos con ella: Bien – estar. Creo que soy de quienes piensan que la ética no sólo es el asunto más pertinente dentro del quehacer filosófico, sino además lo que más nos incumbe como individuos. En esta relación de incumbencia, creo también que la moral y la ética son cosas diferentes. Voy a evadir abiertamente cualquier definición de moral, pero creo que me atrevería a definir ética como una reflexión sobre nuestro habitar; la ética es fundamentalmente la pregunta sobre cómo vivir y cómo habitar. Así las cosas, creo que la ética es fundamentalmente una reflexión sobre el bien-estar. Seguir leyendo Humor y filosofía

La crisis de las Humanidades: Rodolfo Arango

Las humanidades están en crisis. Al parecer lo han estado desde hace tiempo. A mediados de este año, el Ministerio de Educación de Japón, en medio de su eterna recesión, hizo pública una carta en la que urge a las universidades de su país a cerrar las carreras de humanidades y a abrir más programas útiles, en disciplinas que “realmente atiendan las necesidades de la sociedad”. Asimismo, en Colombia, este año, de los cuarenta programas de doctorado que pasaron la evaluación preliminar para recibir becas de Colciencias, ninguno corresponde a la categoría de Ciencias Humanas. Martha Nussbaum la ha llamado una crisis silenciosa; que nace de la tensión entre el creciente interés de generar agentes productivos y económicamente sostenibles y una concepción de educación sensible a la equidad, con el objetivo de crear personas empáticas y preocupadas por el futuro de la humanidad como proyecto común. La pregunta por el rol de las humanidades en la sociedad se encuentra tan viva como siempre.

Con todo, abordar el tema no es fácil. A esta crisis la envuelven suficientes preguntas. Primero ¿Qué son las humanidades? y luego ¿Cuál es su lugar en la sociedad? ¿Qué tipo de justificación necesita la existencia estas disciplinas? ¿Deben justificarse interna o externamente? ¿El ‘humanista’, sea lo que eso sea, es responsable de lo que sucede en su sociedad? ¿Está condenado a ser inútil? Seguir leyendo La crisis de las Humanidades: Rodolfo Arango