Movilizaciones estudiantiles

Mariana Sanz de Santamaría
Estudiante de Derecho 

Porque si no desequilibran el estado de cosas e incomodan a los dirigentes, entonces estaríamos condenados a una ciudadanía conformista, pasiva y por tanto oprimida, aceptando el condicionamiento de nuestro futuro a las voluntades y tiempos de los mismos de siempre.

Es probable que de un año para acá me haya obsesionado con la construcción de paz. No pasa un día en el que no lea algún artículo, columna o texto sobre el conflicto armado colombiano y el proceso de diálogo. Le he hecho cercano seguimiento a cada punto acordado. Absolutamente todo lo relaciono con la paz, con la reconciliación o con la guerra. Pues grata ha sido mi sorpresa que no estoy sola en esta obsesión y que esta obsesión tiene otro nombre: activismo.

 Poco se le ha reconocido a los movimientos sociales por su labor indispensable en construir reivindicaciones y supremacía de los derechos de todos. No es en vano que el derecho a la huelga y a la manifestación haya sido uno de los más peleados y tardíos en ser reconocidos: su poder genera ansiedad a la clase política. Colombia tiene una larga historia de movilización social cuyas victorias se ven plasmadas en la Constitución del 91. Sin el activismo del campesinado, las mujeres, los indígenas, los trabajadores (entre muchos otros) no tendríamos ni la mitad de los derechos que ellos lograron alzar a fundamentales. Claro, sin desconocer que el contexto y las circunstancias particulares de cada momento jugaron un gran papel en estos cambios. Las libertades sindicales, de asociación, de expresión, el derecho a la propiedad de la tierra, así como su función social, la participación política incluyente, el reconocimiento de la mujer, a los indígenas…. El derecho a la paz. A pesar de esas victorias formales, muchos de estos no son del todo garantizados y son, por lo contrario,  aun vulnerados; obligándolos a seguir movilizándose por su reivindicación.

 ¿Por qué salir a la calle? ¿Por qué marchar, gritar? Porque si no se desequilibra el estado de cosas y se incomoda a los dirigentes estaríamos condenados a una ciudadanía conformista, pasiva y por tanto oprimida, aceptando el condicionamiento de nuestro futuro a las voluntades y tiempos de los mismos de siempre. Movilizarse no es un plan deportivo o placentero, requiere de un esfuerzo, de salir de la comodidad de la rutina, de enfrentarse al clima, al riesgo de ser silenciados o atacados por la fuerza pública, de convocar hasta el cansancio a pesar de las reiteradas ignoradas, de romper los estigmas sobre la protesta y correr el riego de que todo ese esfuerzo sea en vano. A veces pareciera no ser claro el alcance de estas, pero lo que sí es claro es que son el músculo para lograr cambios sociales que las élites políticas son renuentes a modificar por su afán de mantener el status quo.

 ¿Y los estudiantes? Nuestras movilizaciones han logrado cambios que ninguna otra movilización ha logrado. En los 60s mostraron una lectura más crítica de la coyuntura política desafiando el Frente Nacional, previendo sus nefastas consecuencias al silenciar ideologías y partidos áridos de representación. En el 89 fueron los estudiantes que manifestaron públicamente su luto por el asesinato de Galán y por la democracia que con su muerte caía. Estas manifestaciones cocinaron el movimiento de la Séptima Papeleta que concluyó con la Asamblea Constituyente produciendo la mejor Constitución que jamás había tenido el país: visionaria, incluyente y reivindicatoria. Entre otros tantos ejemplos…

 ¿De dónde viene nuestra fuerza? De una voz que es fresca, clara, aun no permeada por intereses y agendas políticas paralelas. Una voz despojada de estrategia: es espontánea y genuina. No da lugar a desconfianza ni tan amplio margen para erradas interpretaciones. Está cubierta de la inocencia propia de nuestra corta edad pero al mismo tiempo crítica, preparada, contundente. Tenemos la ventaja de estar sumergidos en el mundo de la academia, un mundo propositivo, retador y analítico. Con sed y esperanza –latente- de cambiar las cosas. Esperanza que en ocasiones puede ser ciega de optimismo, pero indispensable, ante tanto pesimismo. Las dinámicas de la realidad se encargan de atenuar esta esperanza, obligándonos a aprovecharla mientras está viva. Estas características no las compartimos con los que han sido tradicionalmente los dirigentes del país.

 Con ese potencial claro pero sobretodo con ansias de afrontar el deber ético al que nos citaba la democracia el 2 de octubre nos reunimos un domingo varios estudiantes de diferentes carreras para unir fuerzas e inmiscuirnos en el activismo más enérgico en campaña por el Sí. En cuestión de horas nos articulamos con más de 20 ciudades por todo el país, conformando un equipo fuerte, sorprendentemente comprometido, incondicional y proactivo. Como nosotros, había un centenar de iniciativas, tanto en campaña por el Sí como por el No. Nos reunimos dos veces por semana, trasnochamos, propusimos, e hicimos, hicimos mucho. Y a pesar que tal vez no fue suficiente para determinar el veredicto de las urnas, sí nos reafirmó el poder que tiene nuestra voz e ímpetu para crear.

 Pues vaya sorpresa que me llevé cuando a pesar de la inesperada derrota, la energía de los estudiantes y jóvenes en vez de caer en el derrotismo y desasosiego que generó el resultado, se exacerbó. Ese baldado de agua fría despertó a los pocos que estaban cómodos. Nos dimos cuenta, ahora sí, que el éxito de este proceso de paz tan anhelado está en nuestras manos, pues quedó en descubierto que quienes llevan las riendas de nuestro país fallaron. Y que nosotros no  podemos darnos el lujo de fallar. La dimensión apoteósica de la #MarchaDelSilencio del pasado miércoles fue porque respondió a una necesidad emocional ante el desolación de la ciudadanía. Necesidad que los estudiantes identificamos y potencializamos convergiendo a las heterogéneas iniciativas existentes por una misma causa. Salieron desde los más activistas, claro, hasta los más renuentes y escépticos a la “bulla social”. Porque las movilizaciones son inherentemente emocionales, reaccionarias y contagiosas, cubrimos la plaza Bolívar (así como otras ciudades del país y del mundo) con nuestro mensaje: nos tomamos en serio, muy enserio, la responsabilidad que deriva de terminar la guerra ya y nuestro anhelo de paz es muy superior a las pujas políticas. Una semana después logramos, otra vez los estudiantes, llenar la plaza honrando  a víctimas e indígenas que, después de un siglo de no hacerlo, se movilizaron desde lejanos rincones del país a la capital diciendo #NoEstanSolos. Nos sumamos a su exigencia y gritamos juntos que la paz no da espera.  A los ocho días, (con un poco menos convocatoria pues el ímpetu no es inagotable) nos movilizamos otra vez para rodear una mesa simbólica demostrando que #EstamosListos para asumir el reto que significa el postconflicto.

La respuesta de reconocimiento, tanto del gobierno, como de las FARC, frente a la categórica autoridad y legitimidad que adquirimos alienta más este fuego activista, a esta obsesión colectiva. No sé con claridad qué tanto aliento tenga este impulso (y ojalá no se descarrile), solo sé que es imparable y que hemos dejado en alto la capacidad que tiene el activismo estudiantil, como la manifestación más pura de la voluntad la juventud que al fin y al cabo somos los adjudicatarios del país en juicio. Pero sobretodo, hemos probado más allá de toda duda, que somos la generación del cambio.

 


 

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