La violencia: una representación infinita. Una mirada desde Abad Colorado.

Adriana Patricia Vera Aguilera
Estudiante maestría en Estudios Culturales

La violencia acontecida en Colombia es imaginable y, al mismo tiempo, inimaginable. Después de 60 años de conflicto, el repertorio de acciones violentas es ya un viejo conocido dentro de la población; no es necesario imaginarse, la realidad ha sido expuesta por diferentes medios. No obstante, tenemos lo inimaginable que, en contraposición con lo imaginable, reposa sobre lo que no estuvo al alcance de la masividad, lo que no adquirió el estatus icónico. En otras palabras, no es el carrobomba, el cadáver, el exsecuestrado o el mapa de ubicación de una operación lo que es inimaginable; todo ello ya lo hemos visto con explicitud en prensa y televisión nacional, todo ello tiene un nombre propio y podría ser una representación icónica, como Ingrid Betancourt o el cadáver del ‘Mono Jojoy’. Los objetos, personas y cualquier agente que pueda ser la consecuencia final de un hecho violento terminan, irremediablemente, convertidos en la representación de “la violencia”. Por el contrario, no sucede así con las manifestaciones ulteriores y posteriores al clímax del hecho, el miedo del antes, la cotidianidad, la desolación después de la muerte. Cuesta imaginarse lo que no está enmarcado de manera icónica en la imagen televisiva, en la prensa, en la fotografía, y eso nos genera una lejanía con el hecho. Pero hay excepciones. Excepciones que representan lo inimaginable, lo que se queda fuera del marco más masivo.

Desde hace 26 años Jesús Abad Colorado se ha encargado de capturar el conflicto armado colombiano. En sus fotografías el carácter ideológico y político, dice él, desaparece para dar rostro(s) al drama, al miedo, a la guerra y a todo lo que de ella se desprende.  En palabras de Abad, su trabajo es un testimonio contra el olvido. Sus fotografías son hechas para comprometer al espectador, para ponerlo de cara a la muerte y para hacerlo comprender la vida: “En la fotografía confluyen tres prácticas: el hacer como física presencia, el someterse a una experiencia o emoción y el mirar. La fotografía, nos dice Roland Barthes, involucra siempre a dos: un observador y un observado. En ese sentido, el mirar nos conduce hacia una conciencia y un entendimiento que tal vez quisiéramos no tener. El mirar nos coloca, como al fotógrafo, en el papel de observadores y pone en falso la inocencia”[1] (Abad et al., 2001, s.p).

Pero, ¿qué se puede decir acerca de la fotografía como medio para generar una representación? La fotografía, desde la mirada de Mitchell (2005), ayuda a traducir lo no  visto en una imagen sobre algo que nos es ajeno. Su papel, advierte Abad, citando a Joel Snyder, es el de “captar lo invisible” (p. 20). Y, entonces, ¿qué es lo invisible? ¿el miedo, el drama, el dolor, la impotencia? Indudablemente, la práctica fotográfica no se limita a una cuestión técnica ni estética. Detrás de cada imagen producida hay un sujeto que observa y que imprime intencionalidades sobre lo que pretende representar. En el caso de Abad, hay algo que se busca que entendamos más allá de las acciones. Se intenta provocar una lectura desmarcada por medio de rostros, animales, objetos y paisajes. La imagen de una guerrillera de las Farc-EP al lado de una cartel que dicta “No maltrate los niños son el futuro”, se traduce en reconocer y enfrentar la dicotomía de quien promulga bienestar sin alejarse de las armas que amenazan la vida; contradicción o, tal vez, en medio de todo, humanismo. Dice Mitchell, con relación a los medios mixtos[2], que estos “son también operadores simbólicos o semióticos, complejas funciones de signos” (p. 21). Esto es, que además de lo tecnológico y artístico, detrás de cada medio existen aspectos como experiencias, prácticas y sensaciones, que hacen que un medio sea lo que es.

La ausencia de lo icónico en las fotografías de Abad le da sentido a esas otras representaciones de la guerra: los rostros, la cotidianidad (la vida a pesar de), la vida y la muerte  y lo ritual. Aunque lo estético está presente, pues el arte fotográfico así lo demanda, el encuadre de cada toma está determinado fuertemente por un discurso lingüístico claro que ha adoptado el sujeto detrás de la foto, quien en la búsqueda de lo no visto, lo indiferente y lo silenciado, se arriesga a dejar por fuera lo concreto para darle paso a lo abstracto (trascendencia de la realidad). Lo que se lee en las fotografías de Jesús Abad es la intención de dar apertura a los interrogantes sobre la violencia. Es por esto que se debe mirar con los ojos bien abiertos y encontrar lo que nos busca mostrar Abad: “En estas fotos estoy buscando la esperanza, la dignidad […] Cómo mirarnos frente a ese espejo que nos explota en la cara”[3].

1
Serranía de San Lucas, Bolívar, julio 2000

2
Chigorodó, Antioquia, julio 1995

3
San Carlos, Antioquia, octubre 1998

4
Integrante del bloque bananero de las AUC

Jean-Luc Nancy (2007), en La Representación prohibida, advierte que el prefijo re de representación no es un sentido de repetición sino que tiene una función intensiva. La representación recalca, acentúa, enfatiza y está “destinada a una mirada determinada” (p. 36). En palabras ampliadas “(la representación) no es el reemplazo de la cosa original […] es la presentación de lo que no se resume en una presencia dada o es la puesta en presencia de una realidad (forma) inteligible por la mediación formal de una realidad sensible” (p. 30). La representación no es la copia, es mostrar el objeto que se presenta al sujeto exponiendo su valor o su sentido. Este último sentido, dice Nancy, está dado por la ausencia (de la identidad, del hecho, de una situación, de un rito, etc.); ese aparente vacío da fuerza a la representación. En Abad, la ausencia de lo icónico da presencia a lo abstracto y sentido a la otra mirada sobre la violencia. Su archivo fotográfico da rostro a la guerra.

Para demostrar como el archivo fotográfico de Abad da rostro a la guerra tenemos que pensar, como diría Nancy (2007), ¿cómo dar presencia a aquello que no es del orden de la presencia?” (p. 34). Primero, hablemos de las emociones. En la guerra no hay espacio para momentos fingidos ni sentimientos impostados. El dolor, el sufrimiento, la desolación o tal vez la esperanza son inimaginables. Puede que estos momentos al ser expuestos en la televisión despierten sensaciones, pero la empatía dura, en sus picos altos, lo que dura el cubrimiento televisivo. La fotografía, pese a carecer de otras tecnicidades como el audio, ofrece una ventaja: la contemplación. La mirada perdida y lagrimosa de un niño de Puerto Alvira (Mapiripán); un hombre que se aferra a sus hijos mientras ellos también se aferran a él en Riosucio (Chocó); y la preocupación inminente de un militar en Apartadó, son momentos estáticos del conflicto que no brindan ningún tipo de información específica. No obstante, se insta al espectador a reconocer en las imágenes un motor de búsqueda sobre la identidad de la guerra.

Bien sabemos que el juego de la imagen consiste en que no todo está dicho. Una fotografía abre espacio para múltiples interpretaciones, sobre todo, cuando la imagen no es icónica, cuando no tiene nombre. La cotidianidad, la vida y la muerte y lo ritual tienen una alta carga simbólica. Imágenes sobre estas categorías, enmarcadas en la guerra, podrían tomarse como el instante preciso. El niño que abotona la camisa de un hombre sin vida es el instante preciso que nos permite ver representada la vida y la muerte. Esta fotografía es un hecho sin nombre, sin estatus icónico, pero impulsa a preguntarnos ¿cómo fue hecho? Y, en el momento en que nos preguntamos esto, hemos empezado a considerar dar un nombre a ese contexto.

5

Escuela de Alto Bonito. Dabeiba, Mayo de 1992. La guerrilla de las Farc tendió una emboscada a integrantes del ejército que se encontraban por la zona. “Desde el principio nos matamos como hermanos”, dice Abad.

6
Integrante de las Autodefensas Unidas de Colombia (AUC)

7
Medellín, Antioquia

Las reiteradas imágenes que conjugan la guerra con la religiosidad pocas veces muestran rostros; en cambio, el primer plano se lo llevan las oraciones, frases, camándulas y los escapularios: objetos. Aunque en principio, impersonales, representan un lado íntimo de la guerra y rompen con la ideologización que puede acompañar a cada actor del conflicto. La categoría religiosa (ritual) pone a todos los actores de la guerra en un solo nivel: el de quien sufre la violencia.

¿Qué hay de la distancia entre el hecho y la representación? Si pensamos el aquí y el ahora como la guerra que no ha culminado, podríamos generar un debate sobre cuán cerca estamos del hecho y si existe una ausencia, además de lo icónico, que permita dar más sentido a la cosa (la violencia). Las fotografías de Abad Colorado son momentos estáticos con cargas simbólicas sobre un conflicto en movimiento, que pareciera infinito. Ahí reside, creo, el sentido. Una mirada desde Abad Colorado es una mirada simbólica y una representación que siempre invita a buscar el sentido de lo inimaginable.

 

Referencias

Abad, J. Contra el olvido. Medellín: Museo de Antioquia, 2001.

Benjamin, W. (1989). La obra de arte en la época de su reproductibilidad técnica. Buenos Aires: Taurus.

Didi-Huberman, G. (2004). Imágenes pese a todo. Barcelona: Paidós.

Mitchell, T. (2005) No existen medios visuales. En José Luis Brea (ed.), Estudios visuales. La epistemología de la visualidad en la era de la globalización (pp. 17-25). Madrid: Akal.

Nancy, J. (2007). La representación prohibida. Buenos Aires, Madrid: Amorrortu editores.

 

[1] Descripción de la arquitecta y crítica de arte Patricia Gómez en su texto “Espejo roto”, prólogo del libro “Contra el olvido”, sobre el trabajo de Abad Colorado en la exposición “Contra el olvido” realizada en el año 2001 en el Museo de Antioquia.

[2] Mitchell indica que todos los medios involucran todos los sentidos, son mixtos (visión, tacto, oído, etc.). De ahí, que el autor asevere que no existen, específicamente, medios visuales, pues todos los medios son mixtos.

[3] Jesús Abad, en entrevista para el diario El tiempo, respecto a su libro “Mirar de la vida profunda”, publicado en el año 2015. Ver más: http://www.eltiempo.com/archivo/documento/CMS-15532542

 

 

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