Cómo persuadir a alguien de que vote por el Sí

Foto tomada de EL TIEMPO

Camilo Martínez
Estudiante de la Maestría en Filosofía
Universidad de los Andes

Esta semana el uribismo anunció oficialmente que hará campaña a favor del No en el plebiscito sobre el acuerdo final que resulte de los diálogos de paz entre el gobierno y las Farc. Sin embargo, hace meses que el movimiento ha venido preparando a su base política para que se manifieste en contra del proceso. En mayo el ex presidente invitó a sus seguidores a iniciar un movimiento de resistencia civil en contra de lo que se acuerde en La Habana, y en junio comenzaron las jornadas de recolección de firmas de ciudadanos inconformes con que se negocie con las Farc.

No es exagerado decir que la decisión que se tome en el plebiscito puede ser una de las más importantes en la vida política del país en los últimos años, sobre todo ahora que el uribismo decidió apostarle al No en lugar de intentar minar la legitimidad de la votación a través de la abstención. Por eso la posición de algunos seguidores del ex presidente es tan peligrosa. Por supuesto, hay razones en contra de dialogar con las Farc, incluso suficientes como para concluir que un acuerdo de paz con esa guerrilla es demasiado costoso moral y socialmente. El problema es que para muchas personas la decisión a favor del No no está basada en razones bien fundamentadas, sino en creencias dudosas, cuando no abiertamente falsas.

Por ejemplo, La Silla Vacía se dio a la tarea de verificar varias afirmaciones que el ex presidente hizo sobre los diálogos esta semana y encontró que la mayoría eran, o bien falsedades, o bien verdades a medias. Entre otras cosas, Uribe dijo o insinuó que los guerrilleros que cometieron crímenes de lesa humanidad no van pagar ninguna pena, que las Farc van a poder nombrar sus propios jueces, que ni el narcotráfico ni el secuestro serán castigados y que los guerrilleros ocuparán con seguridad importantes posiciones políticas después del acuerdo. Este es el discurso que Uribe y otras cabecillas de su partido han divulgado desde que comenzaron las negociaciones. No es raro, entonces, que varios de sus seguidores tengan una imagen distorsionada tanto del propósito de los diálogos como de sus consecuencias y que, por ende, están dispuestos a votar por el No.

¿Qué hacer ante este panorama? ¿Cómo persuadir a estas personas de que lo que les ha dicho su jefe político sobre el acuerdo es engañoso, verdadero a medias o simplemente falso? Desafortunadamente, la estrategia más sencilla está destinada al fracaso, pues corregir a los uribistas, es decir, presentarles las cosas como realmente son, no va a funcionar. Eso, al menos, es lo que indica la ciencia disponible sobre la adquisición y corrección de creencias falsas. Tal vez la conclusión más importante que puede extraerse del cúmulo de estudios sobre este tema es que las creencias falsas, una vez han sido incorporadas en el sistema de creencias de una persona, son altamente resistentes al cambio, en especial cuando confirman la cosmovisión o la idiosincrasia particular de esa persona, incluida su ideología política. (En la discusión que sigue me baso en la reseña de Lewandowsky et al.)

La ideología afecta las creencias de las personas al menos en dos niveles. Por un lado, las personas son más susceptibles de creer información falsa cuando esta es compatible con su punto de vista. Esto puede suceder porque la información es incorporada más fácilmente cuando es coherente con otras creencias que la persona ya tiene, o porque la persona asume que las fuentes que son afines a ella ideológicamente son más confiables que otras que no lo son. Incluso hay evidencia de que la información que desafía el punto de vista de una persona es más difícil de procesar, en parte porque está asociada con sentimientos y emociones negativas.

Por otro lado, la ideología determina la manera como las personas reaccionan a nueva información que desafía las creencias falsas que ya han adquirido. En la literatura esto se denomina el “efecto de influencia continuada” (continued influence effect): una vez una creencia hace parte de la ecología cognitiva de una persona, es necesario mucho trabajo para modificarla o corregirla. Además, los esfuerzos por corregir la información falsa pueden ser de hecho contraproducentes: las personas se reafirman en sus creencias cuando alguien intenta corregirlas. Esto se conoce como el “efecto culetazo” (backfire effect).

La imagen que resulta de los estudios científicos sobre la desinformación es algo como esto: las personas están abiertas a aceptar información que es compatible con su cosmovisión aunque esta sea dudosa –información que es muy difícil de corregir después de que ha sido incorporada. Las creencias falsas se “enquistan” y eventualmente constituyen, junto con otras creencias, prejuicios y actitudes, un sistema que es más o menos inmune al cambio.

Podría pensarse que las personas que forman y mantienen creencias de esta manera son paradigmas de irracionalidad. Como mínimo, la racionalidad epistémica requiere que uno crea en una proposición en la medida en que haya evidencia a favor de ella. Sin embargo, aunque en muchos casos quienes terminan envueltos en una red de creencias falsas sí manifiestan vicios epistémicos, desde cierto punto de vista estas personas son de hecho ejemplos de racionalidad –o por lo menos no son más irracionales que cualquier otra persona. Los mecanismos psicológicos a través de los cuales las personas adquieren y sostienen creencias falsas son mecanismos que en muchos casos son racionales.

Nuestras creencias son nuestro mapa del mundo y determinan parcialmente qué tan exitosos somos navegándolo. En ese sentido, es provechoso para nosotros tener mecanismos que garanticen que nuestras creencias son verdaderas. Sin embargo, también somos seres limitados cognitiva y temporalmente, y por esto sencillamente no podemos sopesar cuidadosamente la evidencia en todo tiempo y en todo lugar. Por el contrario, dependemos de estrategias que nos facilitan el trabajo, como la de rechazar información que sea incompatible con lo que ya creemos, confiar en quienes nos rodean e incluso usar nuestras reacciones emocionales como una guía. En otras palabras, antes que creyentes cartesianos preocupados por que cada uno de los pisos de su edificio de creencias sea inconmovible, somos creyentes pragmatistas que parten de un edificio ya establecido y le van haciendo reparaciones y arreglos según resulte necesario.

¿Cómo se conecta todo esto con el plebiscito? Hasta donde sé, los partidarios del Sí no han lanzado todavía ningún movimiento independiente como el del uribismo . Aparte de algunas iniciativas, como por ejemplo la del grupo La Paz Querida, conformado por 42 intelectuales, entre ellos Rodrigo Uprimny y Angelika Rettberg, parece que el grueso de quienes tenemos la intención de votar por el Sí en el plebiscito esperamos que sea el gobierno de Santos, el mayor interesado políticamente en que el acuerdo se refrende, el que guíe el camino.

Los sondeos de opinión indican que tenemos motivos para ser más activos. Según la última encuesta de Ipsos, que difundió hoy Semana, la intención de voto a favor del No es del 50%, contra 39% a favor del Sí. No creo que este resultado sea concluyente, pero sí muestra que el apoyo a los diálogos es inestable. De hecho, las encuestas de los últimos meses demuestran que este apoyo ha fluctuado en función de los avances y reveses del proceso, y esto sugiere que no hay todavía un compromiso decantado a favor de los diálogos. En otras palabras, el plebiscito se puede perder y el resultado depende de lo que suceda en la campaña.

Mi sugerencia es que pensemos en estrategias de campaña que sean sensibles a lo que sabemos sobre cómo se organizan las creencias de las personas. Aquí la ciencia también puede brindarnos una mano. La siguiente es una lista de consejos que pueden extraerse de los estudios pertinentes:

1.    Las creencias falsas tienden a ser resistentes en parte porque de ser cambiadas dejarían “huecos” o “vacíos” en el sistema de creencias de la persona. En ese sentido, es importante diseñar narrativas que corrijan la información falsa y al mismo tiempo llenen esos huecos con información veraz. Por ejemplo, la creencia de que el presidente Santos es un miembro encubierto de las Farc explica para muchas personas su motivación política para dialogar con esa guerrilla. Una corrección de esa creencia no será exitosa si no se provee una explicación adicional de las motivaciones de Santos.
2.    También hay evidencia de que las narrativas más simples son más efectivas pues son más fáciles de procesar. Así, aunque los temas políticos que rodean la decisión del plebiscito son complejos, el argumento a favor del Sí debe presentarse de la manera más sencilla posible. Por ejemplo, en lugar de mencionar todos los matices del proceso, se puede decir que es una manera de obtener los beneficios de la paz pagando un precio que en comparación es bajo, a saber, el de concederle inmunidad restringida a los diferentes actores del conflicto.
3.    Las campañas deben enfatizar los hechos y, en la medida de lo posible, no mencionar la información falsa, pues esta se refuerza con cada repetición. Por eso y por otras razones es necesario evitar campañas cuyo punto de partida sea poner en evidencia las mentiras de las cabecillas del uribismo.
4.    El argumento a favor del Sí debe presentarse de una manera en la que no sea abiertamente incompatible con la cosmovisión de quienes favorecen el No. Por ejemplo, se puede hablar de los posibles beneficios económicos que traería el fin del conflicto con las Farc o señalar que los diálogos parecen un consecuencia natural de la guerra frontal que Uribe emprendió contra la guerrilla y que la debilitó lo suficiente como para que aceptaran una salida negociada al conflicto.
5.    En la medida que las personas juzgan cuán confiable es una fuente con base en su afiliación política, sería bueno que las campañas fueran  adelantadas por movimientos independientes de la política partidista y, en especial, del gobierno.

Hay algo de macabro en estos consejos. En cierto sentido parecen estrategias de manipulación que evitan que se dé un debate genuinamente democrático. Además, ¿cómo puede ser legítimo un triunfo del Sí si se consigue a partir de tácticas como estas? Tal vez sí hay maneras de combatir la desinformación que son mejores e incluso más éticas. Una de ellas es la educación. Pero también hay algo de antipático en limitarse a enunciar hechos sin preocuparse por las actitudes, creencias previas y convicciones de la audiencia. Saber en qué medida esas actitudes y convicciones determinan el estado epistémico de las personas puede permitir que nuestras discusiones políticas sean más empáticas y provechosas.

Escriba para el Blog de Revista La Cicuta. Envíenos su columna al correo lacicuta@uniandes.edu.co

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