Feminismo y biopolítica

**Imagen tomada del blog Grupo de filosofía y feminismo GEFTA**

Amalia Murgeitio
Estudiante de Filosofía

Este artículo retoma varías lecturas feministas en torno al tema de la biopolítica. Se parte del artículo “Biopolítica y filosofía feminista” (2011/2012), escrito por la profesora Amalia Boyer de la Universidad del Rosario y publicado en la Revista de Estudios Sociales No. 43. También retoma elementos de la discusión suscitada por dicho artículo en el coloquio doctoral, dirigido por el estudiante del Doctorado en Filosofía Iván Darío Ávila, en el cual participaron varios profesores y miembros de la Facultad.

El feminismo contemporáneo incorpora diferentes apropiaciones y desplazamientos de tres autores posestructuralistas: Foucault, Deleuze y Derrida. Como lo retoma Boyer, en el caso de la biopolítica, la filosofía feminista hace un doble movimiento frente al trabajo de Michel Foucault: por una parte, se inspira en sus estudios para llevar a cabo distintos análisis de las tecnologías del cuerpo. Por otro lado, usando la terminología de Beatriz Preciado, dan unos “ciertos palos” a Foucault con un “buen bastón feminista”: se denuncian el “carácter masculinista de su retórica, el androcentrismo de su perspectiva y el pesimismo de su visión” (Boyer, 131).

De acuerdo a Foucault, el biopoder surge en el paso de las sociedades de seguridad a las sociedades disciplinarias a través de una serie de discursos y procedimientos científicos, jurídicos, médicos y filosóficos. Emerge como forma de racionalidad política en el S.XVII y toma fuerza a fines del S.XVIII y comienzos del XIX. El acto de gobernar ya no se basa en el antiguo poder del soberano de “hacer morir o dejar vivir”; más bien se trata del poder de “hacer vivir o dejar morir”. El biopoder es entonces la entrada de la vida en la historia y el campo de las técnicas políticas (Foucault, 189).

La intención de Foucault fue poner en evidencia que la idea de sexo fue modulada a través de distintas estrategias de poder, unificando elementos anatómicos, funciones biológicas, conductas, sensaciones y placeres (Boyer, 133). Dentro del contexto de esta forma de poder, el sexo adquiere gran importancia para la política. Es el engranaje que sostiene los ejes donde se articula la tecnología política de la vida. Esto se manifiesta con el disciplinamiento de los cuerpos y la regulación de la población. El surgimiento de los discursos sobre el sexo está íntimamente ligado a la construcción de la subjetividad y es un concepto fundamental a la hora de definir lo que se es.

En ciertos trabajos feministas previos a los de Foucault, se destacan temas como la centralidad del cuerpo y el sexo, la meta de generar un cambio político y social, y la voluntad de generar inclusión. El trabajo de Simone de Beauvoir pone de manifiesto “los prejuicios, los puntos de inflexión de la ideología masculina que han producido y perpetúan la dominación de la mujer” (Boyer, 134). En su búsqueda de las condiciones que han facilitado la dominación del “sexo que mata” sobre aquel que engendra, Beauvoir recurre a los discursos de la biología, el psicoanálisis y el materialismo histórico. Se resiste ante el saber biológico; aunque acepta lo problemático del dimorfismo sexual, asevera que éste no determina la subjetividad. Al saber psicoanalítico le crítica la reducción y naturalización de la sexualidad como algo dado; afirma que ésta se sitúa en la continua búsqueda del ser. Frente al materialismo histórico, Beauvoir reconoce que aunque es acertada la atribución de la subyugación de las mujeres a la propiedad privada, tal explicación economicista no resulta suficiente. Es por eso que en la construcción de las subjetividades de género hay que acudir a la cultura; solo desde la perspectiva humana pueden ser comparados el macho y la hembra del homo sapiens, y puede explicarse qué ha hecho la humanidad de la hembra humana. De ahí surge su famosa proclama: “una no nace mujer, se llega a serlo” (Beauvoir, 1949, 13).

Pero así como no se nace mujer, tampoco se nace organismo, desde la perspectiva de Donna Haraway. Según Haraway, los organismos no son entes biológicos dados “naturalmente” sino que son constructos de una especie de mundo cambiante; son fabricados. Haraway propone la construcción del mito político del cyborg, en el cual los cuerpos son textos, metáforas y máquinas. A través de sus análisis, Haraway “concibe las fronteras entre mito y herramienta, instrumento y concepto, sistemas históricos de relaciones sociales y anatomías históricas de cuerpos posibles” (Boyer, 135). Sus análisis le permiten dinamitar tres dualismos: animal y humano; lo natural y lo artificial; lo físico y lo no físico. Traspasar estas fronteras es algo que ya ocurre con la aparición de nuevas tecnologías, afectando las relaciones sociales y renovándose con las distintas formas del capitalismo. En el trabajo de Haraway, el sexo también tiene un lugar central: sexo, sexualidad y reproducción son factores que disponen nuestras imaginaciones de lo personal y lo social. El mundo del cyborg permite, por un lado, la apropiación del cuerpo de la mujer en cierta “masculinista orgía de guerra”, y por otro lado, la adopción de diferentes puntos de enunciación en relación a las similitudes existentes con animales y máquinas. La biopolítica de Foucault es para Haraway una insatisfactioria premonición del cyborg.

Hasta este punto se han rescatado dos posturas feministas de diferente época y enfoque, pero se ha omitido una pregunta crucial: ¿tiene vigencia el feminismo? Amalia Boyer afirma que a la hora de hablar de filosofía feminista, una opinión altamente difundida recae en pensar al feminismo como algo obsoleto. Desde una aproximación hermenéutica a pensadoras como Judith Butler y Beatriz Preciado, se considera que lo que se necesita es un pensamiento pos-género y pos-feminista. Amalia se adhiere a la tesis continuista, concibe al trabajo de Butler y Preciado (así como de otras pensadoras) dentro de la historia del feminismo. Considero que la conferencia dictada por Preciado en el Hay Festival Cartagena 2014 brinda un fundamento fuerte a esta tesis. Preciado afirma que el feminismo sigue siendo un combate importante a modo de lucha contra las formas de ejercicio soberano y político de la masculinidad patriarcal. Lo queer no es un movimiento posfeminista. Más bien, es una fractura del feminismo , que no utiliza la noción de mujer y diferenciación de género como la piedra angular de la acción política. La teoría queer critica un feminismo liberal, blanco y heterosexual que toma como sujeto político a la mujer del norte y de clase media. Pero, ¿debe ser ésta mujer el sujeto del feminismo? Preciado afirma que una gran cantidad de sujetos como las mujeres no blancas, las lesbianas, los transexuales, las prostitutas y las mujeres con diversidad funcional, que son sujetos que han sido excluidos de la lucha feminista, son reivindicados por este tipo de feminismo de corte queer y se imponen como su sujeto político.

Los trabajos de las filosofas feministas, antes y después de Foucault, convergen en no limitar la explicación a la configuración de realidades, sino en ampliarla al lugar y efecto de su reproducción simbólica. Preciado afirma que el filósofo es (entre otras cosas) un escritor de ficción, al partir de ficciones políticas reales (que tienen solidez somática) se ve en la situación forzosa de crear contra ficciones que sirvan de herramientas para intervenir en las ficciones políticas vivas. Este movimiento, considero, está también presente en Beauvoir y Haraway. Para Beauvoir, el poner en cuestión al patriarcado y la situación de subordinación de la mujer, está dirigido a proponer una transformación de tal situación que produzca un cambio radical en la sociedad. La crítica de Haraway se dirige también a la creación de una “conversación cosmopolitica” en la cual animales, humanos y no humanos puedan sentarse en la misma mesa. El encuentro entre especies puede hacer posible un mundo diferente, en el cual la vida y el poder no sólo se debaten en el sentido del biopoder. En su Manifiesto Contrasexual Preciado no solo expone la violencia de la diferenciación hombre/mujer, homosexual/heterosexual, sino que propone un contrato contrasexual, en el cual los cuerpos se reconocen a sí mismos como sujetos parlantes con capacidad de ejecutar todas las prácticas significantes y posiciones de enunciación. Poner de manifiesto las contingencias de las ideologías y prácticas es solo parte de la labor del feminismo, también plantea tareas a la praxis y propone mundos distintos.

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