Más allá del post-conflicto, repensar la construcción de paz

Laura Quintana
Profesora de Filosofía,
Universidad de los Andes

La actual coyuntura en Colombia no sólo es crucial por lo que puede significar un proceso de paz exitoso con las FARC, sino porque nos permite repensar también lo que puede implicar esa idea tan insistente en nuestros días de “una construcción de paz estable y duradera”. Aunque en distintos escenarios se insiste en identificar los retos de un proceso de construcción de paz con los desafíos del post-conflicto y de una política de la transición, me parece que es tiempo también de abrir el debate sobre la identificación de estos términos.

Ciertamente, la idea de “construcción de paz” tiene que partir por problematizar una comprensión reductiva del conflicto colombiano en términos de una guerra entre un Estado legítimo y una organización criminal, pues se trata de una comprensión que contribuye a la reproducción de las formas de inequidad política y social, al rehusarse a confrontar las formas de violencia estructural que, en sus resignificaciones y transformaciones, han alimentado el conflicto armado colombiano. Pero la idea de construcción de paz tiene que reconocer asimismo que el conflicto en Colombia no se ha debido meramente a la debilidad institucional del Estado, sino que ha tenido que ver también con mecanismos de violencia no sólo estructural sino cultural o simbólica que, desde lo institucional, han apuntado a impedir que las comunidades (como lo han intentado hacer múltiples movimientos populares que han emergido en nuestras circunstancias), puedan establecer prácticas y modos de relación en los que elaboran colectivamente sus problemas, como unos que también pueden concernirles a todos los colombianos.

Me parece entonces que con todo esto está en juego dejar de entender la construcción de paz como el resultado al que habría que llegar tras el post-conflicto y la política de transición, o como el estado de reconciliación que supone la neutralización de los conflictos sociales –neutralización que reproduce siempre violencias simbólicas y culturales–; para asumir esta construcción como un proceso abierto y siempre inacabado que se propone la creación de las condiciones para que esos conflictos más que meramente canalizarse como conflictos guerreros, que se disputan el control de lo común, puedan manifestarse como conflictos políticos que incidan y confronten las formas de inclusión y exclusión, ya siempre producidas por las fronteras que delimitan un espacio colectivo. En otras palabras, la construcción de paz más que el escenario para gestionar y administrar el post-conflicto, desde la idea de una sociedad que va haciendo el tránsito hacia un Estado reconciliado, que sólo se reconoce plural en la medida en que esa pluralidad pueda integrarse en un país tan homogéneo y reconciliado, como libre de conflictualidad, tendría que retarnos a pensar otras formas de organización (locales y nacionales, jurídicas y no jurídicas), para permitir que el conflicto sobre lo común pueda emerger, tratarse y eventualmente producir modificaciones. Pensar, por ejemplo, en otras formas de participación política que permitan acoger mejor las formas de organización y los proyectos económicos y políticos que se están dando en las comunidades locales, y en los movimientos populares que han logrado cierta coordinación nacional; problematizar políticas públicas que privilegian el criterio de expertos tecnócratas que deciden sobre las cuestiones que afectan a las comunidades desde la presunta “evidencia” del mercado, y en muchos casos favoreciendo los intereses de los grandes capitales que se coordinan con las “evidencias” económicas; formular otras formas de intervención social que dejen de ser tan asistencialistas y victimizantes, tan humanitarias como poco emancipadoras; ser capaces de pensar entonces más allá de los modelos ya establecidos de la democracia representativa liberal, de la economía neoliberal, de las políticas humanitarias; ser capaces de poner en cuestión los criterios establecidos de los factible y lo verificable que nos convencen día a día de las soluciones “realistas” y “razonables”; ser capaces de pensar posibilidades realmente otras, como unas que ya se plantean, que ya se están dando (pienso por ejemplo en las tan recientemente discutidas zonas de reserva campesina, pero realmente tan poco comprendidas en todo lo que implican, y en las formas de organización política y económica que se han logrado en las comunidades de paz, pero también en otros modelos políticos y económicos, como los que se intentan en países como Ecuador y Bolivia que, con todos sus problemas, en todo caso experimentan con otras posibilidades más atentas a nuestra historia); ser capaces, en fin, de alterarnos más allá de los fáciles slogans que tranquilizan la conciencia, y que nos convencen sobre lo poco que hay que hacer para que todo, en efecto, siga como está.

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