La cultura y las artes en la construcción de la paz

Sergio de Zubiría
Profesor de Filosofía,
Universidad de los Andes

Sergio de Zubiría hace parte de la Comisión Histórica del Conflicto
y sus Víctimas, nombrado por la Mesa de la Habana.

Desde la década del noventa del siglo XX se invoca de forma permanente el papel de la cultura como una especie de camino “seguro” hacia la paz, se ha convertido en una fórmula demasiado mancillada. Esta invocación además de tener sentidos muy diferentes, es conveniente someterla a una mirada crítica. Tanta reiteración debe producir distancia y sospecha. Tal vez, por ello se pregunta Ana María Ochoa: “¿Qué es lo que se invoca cuando se nombra a la cultura con ansias de convertirla en remedio de una sociedad que se desangra?”.

La primera distinción analítica, podría ser, entre unos sentidos de carácter <teórico>, que nutren las reflexiones sobre las relaciones entre cultura, conflicto y paz en Colombia, y otros significados dominantes en las políticas culturales concretas para construir paz. A las primeras las denominaremos “sentidos teóricos” y a las segundas las llamaremos “sentidos desde las políticas culturales”. Reconocemos que puede ser una distinción problemática, de carácter solamente provisional, porque no existe política cultural sin categorías teóricas.

Los “sentidos teóricos” podemos agruparlos de acuerdo al acento de algunos investigadores culturales colombianos. La contribución a la paz de la dimensión cultural es estudiar los procesos históricos a través de los cuales se constituyeron los regímenes de representación violentos y las alternativas a estos regímenes (Arturo Escobar). Su función es construir narrativas que den cuenta de la presencia de diversos lenguajes (Jesús Martín-Barbero). Se apoya la paz desde lo cultural al reconstruir el tejido social de lo público (Alonso Salazar). Se trata de encontrar espacios concretos para la experiencia colectiva del duelo (Eduardo Restrepo). El campo cultural cuestiona las lógicas del miedo, la desconfianza y la venganza en la vida cotidiana (Ana María Ochoa). Como vemos, un coro polifónico de finalidades y sentidos.

En los “sentidos desde las políticas culturales”, en especial en políticas públicas institucionales, se han acentuado tres finalidades: a. La cultura aporta a la paz como espacio de participación que transforma las historias de las exclusiones al crear derechos sociales y culturales, cuyas claves son inclusión y enfoque de derechos. b. La cultura como posibilidad de reconstrucción del tejido social. El núcleo es el apoyo al tejido social destruido. c. La cultura como antídoto contra el miedo en aquellos lugares donde domina el terror. Un remedio contra los lugares donde predomina el miedo y el terror.

CONCIENCIA DE LOS PELIGROS

En medio de esta cartografía de finalidades y sentidos polifónicos, reconocemos al mismo tiempo, la riqueza de posibilidades de la cultura para la paz y la complejidad de una decisión. Es conveniente detenernos en las mayores dificultades que amenazan las relaciones paz/cultura, para poder reconocer con alguna seguridad sus verdaderas potencialidades. El recorrido que hemos realizado nos permite ya subrayar los máximos peligros.

El primero y permanente peligro es la instrumentalización de lo estético y lo cultural. Las artes y las culturas convertidas en medios para fines que no tengan nada que ver con su naturaleza. Es aquella experiencia anunciada por el romanticismo y por Hegel de la “muerte del arte”, por distintos caminos.

El segundo es poder siempre distinguir entre aquella trama existencial y re-encantadora que permite la experiencia estético-cultural, de las transformaciones estructurales que exige una sociedad. Las experiencias estéticas y culturales pueden ser de carácter coyuntural, personales y mágicas, pero no necesariamente cambian  de forma definitiva el mundo. Estos temas han sido densamente elaborados en la estética filosófica sobre los nexos entre arte y realidad. Son promesas, pero quebrantadas, de felicidad. No se debe confundir la acción inmediata de la experiencia artística, con el largo  proceso de una transformación estructural del mundo y de la vida.

El tercer peligro es de carácter endógeno, consiste en reconocer que nuestras políticas, programas y acciones culturales no dialogan o lo hacen de manera reducida con otras políticas públicas transformadoras como las científicas, tecnológicas, educativas, ecológicas, de seguridad social, etc. Con nuestras propias acciones fomentamos el aislamiento, la fragmentación y la sectorización. Debemos subrayar los límites, vacíos, obstáculos y las posibilidades de nuestras propias políticas culturales. No permitir ni el maniqueísmo ni el fundamentalismo en el campo cultural.

El cuarto es la reducción de lo cultural a un exclusivo enfoque de derechos, a lo legal-normativo, lo normalizante o disciplinario. El valor de lo cultural también está en su potencial  movilizador y creativo frente a la conflictividad de social. Lo cultural no puede someterse a normas, reglas, derechos, conductas, ley zanahoria, etc.

El quinto peligro, heredero de nuestra institucionalidad y discursividad, nos obliga a tomar distancia de la demagogia oficial que intenta identificar la cultura y el ministerio con paz, con artificios bastante problemáticos. Algunos de estas premisas falsas son: cultura es paz, violencia es no-cultura; todo conflicto es violencia, hay que abolir el conflicto para ser culturales; hay que silenciar la violencia y el conflicto en nombre de la tolerancia. Pretendiendo ocultar y olvidar la persistente relación entre cultura y violencia en la historia de nuestro país y a nivel de la cultura occidental. Es conveniente recordar a Walter Benjamin, en susTesis sobre el concepto de historia: “no hay ningún documento de cultura que no sea a la vez documento de barbarie” (Tesis VII). El conflicto es el estado permanente y continuo de toda cultura vital. El discurso oficial tiene efectos devastadores: legitima acciones en nombre de la paz que se realizan en lógica de guerra (Mauricio García Durán); naturaliza la indiferencia entre los seres humanos en nombre de la tolerancia; su discursividad al mismo tiempo ha banalizado la violencia y la paz; ha terminado incrementado el círculo infinito de las violencias.

POTENCIALIDADES DEL CAMPO CULTURAL

También tenemos que destacar las virtudes y potencialidades de las artes y la cultura en el largo proceso de la construcción de la paz. Además de las importantes finalidades adjudicadas por los y las investigadoras colombianas, queremos enunciar algunas de las virtudes o potencialidades que hacen parte de la memoria de la filosofía occidental. Sobre cada una tendremos que seguir analizando y discutiendo. Primera virtud, es la capacidad cultural de cuestionamiento permanente de los imaginarios dominantes en cada sociedad de paz, guerra, conflicto y violencia. Segunda potencialidad, la apertura a otros caminos creados por la dimensión cultural y artística para enfrentar los conflictos sin el uso de la violencia. Tercera virtud, el gran valor existencial de los proyectos estético-culturales para la catarsis de las emociones, el reencuentro con la sensibilidad y el cuidado de las subjetividades. Cuarta potencialidad, las posibilidades que contiene la cultura para transformar, reconstruir o refundar la dimensión de lo político. Quinta virtud, no existe ninguna construcción humana que pueda, como las artes y la cultura, promover la participación colectiva, cuidar con todo el esmero las diversidades, problematizar las identidades y potenciar la creatividad humana.

Este recorrido nos muestra la complejidad y urgencia del interrogante sobre las políticas culturales, la institucionalidad cultural y los esfuerzos por la construcción de paz. A la vez revela la gran distancia que debemos recorrer. Es tiempo de empezar el camino, pues están dadas las condiciones de posibilidad para este nuevo comienzo.

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